Estas etiquetas las escuchamos de manera frecuente a lo largo de nuestra vida. Es más, probablemente, incluso a nosotros mismos las hayamos recibido alguna vez.

Podemos oírlas en cualquier lugar, en casa, en el colegio, en extraescolares, de boca de algún familiar, de algún conocido. ¿Quién no ha escuchado estas frases?:

  • Mira qué bueno que es, no protesta”
  • “Qué malo que es, no se está quieto”
  • “Le han pegado y ni se ha quejado, es que es más bueno que el pan”

Nos hemos acostumbrado a clasificar a los niños desde que son muy pequeños. Prácticamente, desde que nacen. Así, el bebé que llora y protesta, es y será malo. El bebé silencioso, es y será bueno.

¿Por qué hacemos esto?, ¿por qué etiquetamos de este modo a los niños? Una explicación es que el mundo es muy complejo, y resulta muy útil simplificar la realidad. Vamos a explicar esto: es más difícil pensar que el bebé protestón puede que sea buenísimo, pero tiene unas necesidades que, a lo mejor el bebé tranquilo no tiene. Si estas necesidades no se cubren, lo lógico es que el bebé que las necesita, proteste. También puede ser que el bebé tranquilo necesite lo mismo que el bebé que protesta, sin embargo, el bebé tranquilo sabe cómo conseguirlo sin protestar. Tal vez, tenga más herramientas.

Es muy importante saber diferenciar el “ser malo” con el hecho de tener comportamientos inadecuados. Por ejemplo, un niño que pega a otro porque éste le está agobiando, no es malo. Actúa de manera muy inadecuada, sí, pero eso no lo convierte en malo.

Consideremos que, un niño, no tiene formada su personalidad como mínimo hasta los 18 años. Por eso, no es adecuado hablar de cómo es, sino de cómo actúa. Consideremos también que, recibir una etiqueta, nos condicionará de por vida. Esta etiqueta será muy recurrente a la hora de empezar a crear nuestro autoconcepto: si me llamáis malo, soy malo. Si me llamáis bueno, soy bueno. Aunque no sepa cómo reaccionar o actuar en según qué circunstancias.

Quizá deberíamos esforzarnos en criar niños más molestos, niños que tengan la capacidad de expresar sus necesidades porque saben que van a ser tenidas en cuenta (que no necesariamente satisfechas). Niños que sepan decir “no”, por mucho que nos irrite como padres. Niños que sepan defenderse y poner límites ante situaciones que consideren injustas. Esto va a requerir mucho de nosotros, y probablemente genere situaciones de conflicto que deberemos gestionar. Pero conseguiremos que desarrollen su asertividad, que sean capaces de dirigir sus emociones. Personas libres que no caerán en el rol de obediencia y sumisión. Pero, ¿por qué? Cuando llega la adolescencia los padres dejamos de ser el modelo con quien se comparan nuestros hijos, y ese papel pasa a ser ocupado por los iguales. Si hemos dejado que lo niños sean críticos y capaces de escuchar y expresar sus propias emociones, también lo harán frente a sus iguales.

No comprenderemos totalmente este problema si no lo enmarcamos en una sociedad que se mueve muy deprisa, y en la que no hay margen para el error. En el momento en el que alguien se sale de su papel, toda la organización peligra. Es fácil comprender cómo en este contexto el niño dócil se acaba convirtiendo en el niño bueno, porque es el niño fácil, y el niño activo, el que protesta, en el niño malo. Pero, debemos comprender que, a veces, siendo libres, aprendemos de los errores y descubrimos nuevas maneras de hacer cosas con éxito. Por ello, dejemos libres de etiquetas a nuestros hijos y, dejemos que, de manera natural, sean ellos mismos. Así podremos ayudarlos a mejorar.

 

 

Niños buenos y niños malos.
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